Lucas Paganini: “Todo lo que vemos es solo el 5% del universo”
El Nance Grace Roman ya está camino al punto L-2, cubrimos el lanzamiento en vivo, pero unas semanas antes, el científico argentino de la NASA y ejecutivo de programa de la misión habló con Exploración Espacial sobre los dos instrumentos que van a redefinir cómo miramos el universo, el 95% del cosmos que todavía no entendemos y la cámara de gran angular que le faltaba a la astronomía.
(10 de Agosto, 2026 - Manuel Mazzanti desde Cabo Cañaveral)

Tenía muchas ganas de volver a entrevistar a Lucas Paganini, era necesario. Ya habíamos conversado cuando se lanzó el Telescopio James Webb, hace unos años, así que nos reencontrarnos a 25 días del despegue del Nancy Grace Roman — que finalmente voló el 30 de agosto en un Falcon Heavy desde el Centro Espacial Kennedy — tenía algo de reunión de viejos conocidos. Solo que esta vez, del otro lado de la pantalla, no estaba únicamente un científico respetado con más de 30 publicaciones en su haber y participación en misiones como Juno. Estaba el ejecutivo de programa del telescopio Roman: el nexo entre todas las áreas que tuvieron que trabajar en sincronía para que este observatorio llegara a la plataforma de lanzamiento en tiempo y forma.
“He tenido el gusto realmente y el honor de participar como ejecutivo de programa para el telescopio espacial Roman. Hace cuatro años me uní a este proyecto”, cuenta Paganini. “Esta es una nave insignia. Son de las naves que llamamos categoría 1, clase A, que son las más grandes, las más importantes. Mi trabajo es ser un nexo entre los equipos construyendo, testeando estas misiones y nuestros directores en la NASA tomando las decisiones”, dice. Un trabajo de coordinación que empieza mucho antes de la primera foto: “Esta imagen se formalizó hace 10 años, en el 2016. Y bueno, aquí estamos 10 años atrás después de muchos conceptos, desarrollos, testeos.”
Le pregunto si en ese rol de intermediario, entre tantos equipos con opiniones distintas, no se arman peleas. Su respuesta dice mucho sobre cómo funciona la agencia. “Como todo desarrollo hay distintas opiniones, pero eso yo lo considero muy saludable”, responde. “Es a través de estas discusiones que generalmente terminás llegando a la solución más óptima. Y en NASA es eso, tratar de tener discusiones bastante saludables con previsión, con preparación, porque una vez que lanzamos estos telescopios al espacio, ya no hay vuelta atrás.”
Por qué el Roman es revolucionario
Le planteo la pregunta de fondo, la que motivó la charla: ¿por qué este telescopio es tan importante? En un post de hace unos días yo había arriesgado que el Roman podría tener para la astronomía la misma relevancia que en su momento tuvieron el Hubble y el Webb. Paganini no solo lo confirma, sino que lo lleva más lejos.
“Es una nueva herramienta que nos va a permitir entender mejor el universo”, arranca. Y ahí traza la comparación que ordena todo. El Hubble tiene una definición increíble que permite obtener imágenes de determinados objetos con muy buena calidad. El Webb, con su visión infrarroja, penetra más atrás en el tiempo para ver los primeros orígenes del universo. “Y lo que trae Roman, que lo hace revolucionario, es la misma nitidez, la misma calidad de imagen que Hubble, pero con un campo de visión de al menos 100 veces mayor.”

Ese número — 100 veces el campo de visión del Hubble con la misma nitidez — se traduce en algo que hasta hace poco sonaba imposible: “Lo que con Hubble se tardaría 1000 años, con Roman lo podemos hacer en un año.”
La imagen que usa Paganini para explicarlo es la misma que yo tenía en la cabeza, y terminamos completándola entre los dos. El Roman, dice, es “como si yo tuviera una cámara de una sensibilidad impresionante con un lente de gran angular”, que le sirve a los astrónomos para mapear todo el cielo y descubrir lugares interesantes. Y cuando encuentran algo que merece una mirada más profunda, entra el Webb: como cambiar el lente y poner un teleobjetivo. “Tal cual”, confirma. “Roman te permite obtener estas vistas panorámicas, y Webb tiene instrumentos muy precisos para estudiar en la luz infrarroja.” No compiten: se complementan.
El 95% que no entendemos
Mientras le comparto un video del Roman, me comenta, “Todo esto que estamos viendo — estas estrellas, estas galaxias, la materia, vos, yo, la gente que nos está escuchando — todo eso representa solo el 5% del universo.”
El 5%. El resto, ese 95% que todavía se nos escapa, es lo que los científicos llaman el universo oscuro. “Oscuro siempre viene a colación de algo que no entendemos”, aclara. Y ahí es donde entra el Roman, que a través de censos amplios del cielo permitirá estudiar la energía oscura — esa fuerza que parece estar acelerando la expansión del universo, descubierta hace apenas un par de décadas — y la materia oscura, que Paganini describe como “una especie de pegamento que mantiene a las estrellas y a las galaxias juntas”.
Y vuelve el bosque. “Necesitamos, digamos, no solo estudiar el árbol, necesitamos entender el bosque”, dice. “Esta visión panorámica nos permite ver desde una visión más alejada y más completa ese bosque para entender bien cómo se forma el cosmos.” Las imágenes, además, funcionan casi como una máquina del tiempo: al observar en el óptico y el infrarrojo, se penetra en el pasado, permitiendo entender no solo lo que ocurre hoy sino lo que pasaba hace miles de millones de años.
El Corazón de la Máquina: el Wide Field Instrument
El Roman lleva dos instrumentos, y nos detenemos en cada uno. El principal es el Wide Field Instrument, la cámara de campo amplio. La luz entra por el espejo primario de 2,4 metros de diámetro y se redirige, a través de distintas ópticas, hacia los detectores.
Y qué detectores. “Tenemos aproximadamente 18 detectores de 4K cada uno”, explica Paganini. Para dimensionarlo, tira una comparación que da vértigo: “Para ver una imagen de este instrumento en resolución original se necesitarían aproximadamente 32 televisores en 4K.” Son imágenes enormes, de unos 300 megapíxeles, y esa es la razón de que el Roman sea una de las misiones de la NASA que más datos va a generar en la historia: cerca de 1,4 terabytes por día. “Esto es lo que tiene un disco rígido en las computadoras que estamos usando en casa”, se ríe. Por día.

Semejante caudal obligó a repensar cómo se procesa la información. “Mucho de esto se va a hacer desde la nube”, cuenta. Los datos quedarán almacenados de forma permanente ahí, y los científicos podrán analizarlos directamente en la nube sin depender de sus propias computadoras. Y algo que Paganini remarca con orgullo: como toda transmisión de la NASA, los datos son de acceso libre y gratuito. “La persona que quiera analizar estos datos no necesita estar trabajando para la NASA. Puede estar en una universidad en Estados Unidos, puede estar en una universidad en Argentina o en cualquier otra parte.”
Le pregunto por el rol de la inteligencia artificial en semejante océano de información. “No solo va a ayudar muchísimo. Yo creo que hoy en día es necesario con esta cantidad de datos”, responde. Los científicos, aclara, ya hace rato que usan machine learning para buscar patrones en grandes volúmenes de datos.
El coronógrafo: bloquear una estrella para ver una luciérnaga
El segundo instrumento es el que más expectativa me genera, y Paganini lo sabe explicar como pocos. El coronógrafo es una demostración tecnológica cuyo nombre viene de los instrumentos que observan el Sol: la parte exterior de nuestra estrella se llama corona. Lo que hace, en esencia, es replicar un eclipse total. “Coloca un filtro en la estrella, y lo que hace esto es que los planetas que están orbitando esa estrella se puedan observar, porque hemos reducido la luz que está emitiendo.”
Para que se entienda el desafío, Paganini recurre a una imagen que vale por mil especificaciones técnicas. Detectar un planeta al lado de su estrella, dice, “es como desde un barco a 1000 km del puerto, tenemos un faro de luz, y es como que podemos ver una luciérnaga rotando alrededor de ese faro”. Ese es el nivel de contraste que hay que generar.

La clave técnica son los espejos deformables, una tecnología que no se había probado antes desde el espacio. Son pequeñas ópticas con muchos pistones detrás que se mueven para compensar las imperfecciones del telescopio, reduciendo el ruido y mejorando el contraste lo suficiente como para fotografiar directamente planetas del tamaño de Júpiter. Porque hoy, aclara Paganini, la mayoría de los más de 6.000 exoplanetas conocidos se detectan por métodos indirectos — tránsitos y otras técnicas — y no como imagen. “Estamos hablando de puntitos de luz, pero igual eso ya trae mucha información en sí.”
Cuando le pregunto, de ignorante, si veremos discos en lugar de puntos, es honesto: “No creo que tengan la nitidez para eso.” Pero sí abre otra puerta: quizás permita saber si un planeta tiene atmósfera o no. Y todo esto tiene un objetivo final más grande: probar las tecnologías necesarias para la próxima misión insignia, el Observatorio de Mundos Habitables, cuya meta será obtener imágenes de planetas del tamaño de la Tierra, algo imposible con la tecnología actual.
100.000 mundos nuevos y un sistema solar que ya no es lo que creíamos
El Wide Field Instrument también cazará exoplanetas, y con él Paganini apunta a una pregunta enorme: cuán comunes son los sistemas planetarios como el nuestro. Entre todas las técnicas — imagen directa con el coronógrafo, tránsitos con el instrumento de campo amplio y el método de microlentes gravitacionales, que funciona como una lupa cósmica cuando una estrella pasa frente a otra más lejana — se espera que el Roman estudie en total cerca de 100.000 nuevos exoplanetas. Frente a los 6.000 conocidos hoy, el salto es descomunal.
Y en el camino, dice, lo aprendido ya cambió los paradigmas con los que muchos crecimos. Hemos encontrado supertierras — planetas de un tamaño intermedio entre la Tierra y Neptuno que no existen en nuestro sistema solar — y gigantes gaseosos orbitando pegados a su estrella, en órbitas parecidas a la de Mercurio. “Ese paradigma ha cambiado”, resume. “Hoy sabemos que puede haber planetas gaseosos muy cerca del sol. Es increíble lo que hemos ido aprendiendo, y hay mucho todavía que aprender.”
Lo que viene, y lo que todavía no sabemos
El Roman viaja ahora hacia el punto de Lagrange L2, a un millón y medio de kilómetros de la Tierra — cuatro veces la distancia a la Luna — un lugar estable y muy frío, ideal para observar en el infrarrojo. Le sigue una etapa de comisión de aproximadamente 90 días, con testeos de ópticas, instrumentos y calibraciones finales, antes de arrancar la misión primaria de al menos 5 años, con posibilidad de extenderse a 10. Paganini anticipa un first light, una primera luz, ya en la primera semana, aunque no está confirmado si esa imagen se hará pública.
Para cerrar, le pregunto qué es lo que más expectativa le genera. Su respuesta mezcla la ambición científica con algo más filosófico. “Entender las bases de la cosmología, saber si hay algún tipo de energía que aún no conocemos que está generando esta expansión”, dice, y saber si el universo se seguirá expandiendo de forma acelerada o quedará fijo. “En el fondo, nosotros somos parte del universo. Entonces, entender no solo el pasado a través de observaciones de hoy, sino también qué va a ocurrir en el futuro.”
Pero lo que más lo mantiene alerta es, paradójicamente, lo que nadie planeó. “Sin duda la primera imagen va a dar mucho que hablar, va a recorrer todos los diarios del mundo. Pero estoy muy ansioso de ver lo que aún no sabemos, las nuevas preguntas que van a surgir de estas observaciones.”
Link a la entrevista el Youtube:
Cobertura del lanzamiento en VIVO:









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